La escalera es larga, antinatural, y apunta directamente al cielo.
Desde el fondo de la sima observo a las nubes deslizarse con una lentitud rayana en lo obsceno. Algunas se detienen, me miran, como si evaluaran mi presencia, como si dudaran de mi derecho a existir aquí abajo. Permanezco atrapado, examinando las grietas que han desgarrado el asfalto y me han condenado a este hueco sin nombre.
Empiezo a subir. Cada peldaño cruje bajo mi peso y el aire se vuelve más espeso, más difícil de respirar. Asciendo con la certeza de que arriba me espera la carretera, la superficie, la vida. Pero algo está mal: cuanto más subo, más se encoge el mundo superior, más se aleja la luz.
La revelación llega como una náusea. Subir es descender. El esfuerzo no me eleva; me hunde. La escalera no conduce a ningún sitio, salvo a una profundidad mayor, a un fondo que no existe, pero que me reclama.
Tengo una escalera. Tengo un cielo encima. Y, aun así, sé que jamás saldré de este agujero.
Tomás Bernal Benito
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