El Laberinto

Publicado el 17 de enero de 2026, 11:28

Creo que ya he pasado antes por aquí. He perdido la noción del tiempo y la desesperación empieza a atenazarme: todos los caminos son tan intrincados y similares que ya no sé si algún día encontraré la salida.

De pronto, un olor nauseabundo me golpea. Me detengo. ¡Dios!…
Es un cuerpo humano en estado de putrefacción. Me pregunto, horrorizado, qué hace un cadáver aquí, en medio del laberinto. La luz es difusa y el rostro, irreconocible: está destrozado por un disparo. ¿Ejecución? ¿Suicidio? Todas mis alarmas se disparan al mismo tiempo.

Miro a izquierda y derecha. No se ve nada. No se oye nada. Estoy solo. Poco a poco, la adrenalina se estabiliza. Con ayuda de mi pañuelo, extraigo la cartera del bolsillo interior de la americana. Busco el Documento Nacional de Identidad para saber quién es… y la sorpresa me deja sin aliento.

¡Soy yo!

Entonces distingo un arma en el suelo. La recojo. Es una pistola semiautomática de 9 mm, marca Browning, con empuñadura de nácar. Es mi arma.

Desolado, apoyo la espalda contra la pared y me dejo resbalar hasta quedar sentado en el suelo, mientras una pregunta se abre paso en mi mente: ¿cuánto tiempo llevo dando vueltas en este laberinto?

Al fondo del pasillo resuenan unos pasos. Lentamente, una figura vestida de negro emerge de la penumbra y se detiene frente a mí. Sonríe.

—Llegas tarde —dice—. Te estaba esperando.

Y en ese instante comprendo que el laberinto no tiene salida, solo turnos. Porque el laberinto no mata. Tan solo se asegura de que haya siempre alguien ocupando mi lugar.

 

 

Tomás Bernal Benito

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios